La historia de Alejandro Santana y de cómo su afán por entender el mundo y la economía terminó convirtiéndose en una cooperativa creativa con proyección a ser el modelo de negocio que demanda el futuro.
El propósito
Que el talento canario no tenga que marcharse para encontrar oportunidades.Y que quienes decidan quedarse tengan más posibilidades de construirlas.
Misión
Ayudar a las empresas canarias a evolucionar, competir y construir marcas más sólidas, compartiendo el conocimiento que hace crecer a las grandes.
Visión
Mejorar la calidad de vida en Canarias, con un archipiélago que exporta cultura, importa economía y donde la riqueza que se genera se queda en las islas.
Valores
Lo colectivo. Si el progreso se construye entre todos, sus beneficios también se comparten.
Nuestra tierra. Proyectar la cultura canaria y poner en valor el talento local.
El conocimiento, compartido. Desarrollar talento y abrir oportunidades, no guardarlas.
De otra manera. No volver para hacer lo que ya se estaba haciendo, sino para hacer las cosas mejor.
La historia
Una cuestión de origen
Hay lugares que uno no termina de abandonar, por lejos que se marche.
Alejandro Santana creció en Vecindario, una localidad del sureste de Gran Canaria construida alrededor del trabajo de quienes la habitan. Su infancia transcurrió entre las aulas, los deberes y las tardes jugando al fútbol en el parque. Una vida corriente, en una familia trabajadora, donde estudiar era una oportunidad que había que aprovechar.
A los doce años, sus buenos resultados académicos llevaron a su familia a tomar una decisión importante. Lo trasladaron al Colegio Arenas, un centro privado y bilingüe del sur de la isla, donde terminaría cursando el Bachillerato de Ciencias Sociales.
El cambio fue mucho más que académico.
De pronto, Alejandro compartía pupitre con compañeros cuyas realidades económicas eran muy diferentes a la suya. A una edad en la que apenas se empieza a comprender la sociedad, se encontró observando dos mundos que convivían a escasos kilómetros de distancia, pero cuyas oportunidades parecían estar mucho más alejadas.
Aquella experiencia despertó una inquietud que acabaría acompañándolo durante años. ¿Hasta qué punto determina nuestro origen lo que podemos llegar a ser?
No se trataba de cuestionar el éxito de unos frente al de otros, sino de entender por qué el talento, el esfuerzo y las oportunidades no siempre iban de la mano.
Aprender las reglas del juego
Esa curiosidad terminó llevándolo a Madrid, donde comenzó sus estudios de Economía en la Universidad Autónoma.
Quería comprender cómo circulaba el dinero, cómo se distribuían los recursos y qué mecanismos determinaban el desarrollo de una sociedad. La economía parecía el lugar natural para encontrar respuestas.
Pero dos años después comprendió algo sobre sus propios intereses. Le atraía más la posibilidad de intervenir en la realidad económica que limitarse a estudiarla.
No quería únicamente entender cómo funcionaban las organizaciones. Quería aprender a construirlas.
Fue entonces cuando decidió cambiar de rumbo e incorporarse a la Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología, donde estudió Comunicación y Gestión de Moda.
La elección, aparentemente distante de la economía, respondía a una lógica muy concreta. La moda es una industria en la que la identidad, la estrategia, la cultura y el negocio conviven de manera especialmente intensa. Un mercado en el que no basta con desarrollar un buen producto, hay que comprender a las personas, construir significados y gestionar marcas capaces de sostenerse en el tiempo.
Allí comenzó a conectar disciplinas que hasta entonces había estudiado por separado. Economía, comunicación, dirección empresarial, creatividad y estrategia dejaban de ser conocimientos independientes para convertirse en distintas formas de abordar un mismo problema.
Empezaba a interesarle menos una industria concreta que la capacidad de construir proyectos capaces de generar valor.
La distancia como perspectiva
Madrid también le enseñó cosas que no figuraban en ningún programa académico.
Salir de Canarias le había permitido acceder a una formación, conocer otras realidades y descubrir nuevas maneras de entender los negocios. Pero esa misma distancia comenzó a transformar la forma en la que miraba su lugar de origen.
Lo que antes formaba parte de la cotidianidad adquiría ahora otro significado.
Pensaba en sus vecinos, en las dificultades económicas de muchas familias y, especialmente, en amigos cuyo talento admiraba, pero que no habían contado con las mismas oportunidades para desarrollarlo.
No era una cuestión de capacidad. Era, muchas veces, una cuestión de recursos, conexiones y circunstancias.
Y había algo en ello que le resultaba difícil aceptar.
Cuanto más aprendía sobre el funcionamiento de las empresas, más se convencía de que podían desempeñar un papel importante en la solución. No únicamente como generadoras de empleo o riqueza, sino como estructuras capaces de desarrollar talento, compartir conocimiento y abrir oportunidades.
Fue entonces cuando una inquietud que llevaba años tomando forma empezó a convertirse en una decisión.
Su futuro profesional estaría vinculado a Canarias.
No necesariamente para regresar a hacer lo que ya se estaba haciendo, sino para intentar contribuir a que se hicieran las cosas de otra manera.
Alejandro imaginó una marca que utilizara el diseño como vehículo para proyectar la identidad canaria más allá del archipiélago. Una empresa capaz de llevar su cultura al exterior, poner en valor el talento local y conseguir que una parte mayor de la riqueza generada permaneciera en las islas.
Exportar cultura. Importar economía.
La idea contenía ya buena parte de lo que después se convertiría en Atis. Pero pronto apareció una limitación. Una marca, por exitosa que llegara a ser, difícilmente podría responder por sí sola a la magnitud de sus aspiraciones.
Si el objetivo era contribuir al desarrollo del archipiélago, había que pensar más allá de un producto, de un sector o incluso de una sola empresa.
Había que diseñar una estructura.
Así nació la idea de Atis Studio, una cooperativa creativa concebida para integrar diferentes iniciativas empresariales bajo un mismo propósito, mejorar la calidad de vida en Canarias.
Su planteamiento es modular. Cada iniciativa responde a una necesidad distinta, pero todas comparten una misma dirección.
La marca de moda
La marca de moda, encargada de proyectar cultura y talento.
La agencia
Una agencia creativa y estratégica, orientada a ayudar a las empresas canarias a evolucionar, competir y construir marcas más sólidas.
La academia
Y una academia dedicada a investigar el tejido empresarial del archipiélago y transformar ese conocimiento en formación práctica, con la ambición de desarrollar un programa de dirección empresarial especializado en la realidad canaria.
Tres caminos distintos para abordar un mismo desafío. Generar valor, desarrollar capacidades y ampliar las oportunidades disponibles en las islas.
Una forma diferente de entender la propiedad
Sin embargo, la ambición de Atis no termina en los negocios que aspira a desarrollar.
También alcanza a la manera en la que estos deben pertenecer a las personas.
Para Alejandro, construir empresas que generen riqueza sin replantearse cómo se distribuye significaría dejar sin resolver una parte esencial del problema que dio origen al proyecto.
De ahí la elección del modelo cooperativo.
No como un elemento decorativo de su identidad, sino como una declaración sobre la forma de organizar el trabajo, repartir la responsabilidad y compartir los resultados.
Una estructura en la que quienes contribuyan al crecimiento del proyecto puedan participar también de su gobierno y de la riqueza que ayuden a crear.
La idea es sencilla, aunque llevarla a la práctica exige mucho más que buenas intenciones. Si el progreso se construye colectivamente, sus beneficios también deberían poder compartirse.
Atis Studio nace de esa convicción.
De un niño que empezó a descubrir las diferencias sociales al cambiar de colegio. De un estudiante que quiso comprender cómo funcionaba la economía y terminó encontrando en la empresa una herramienta para actuar. Y de un canario que, al marcharse de su tierra, comenzó a imaginar lo que podría construir para ella.
El proyecto todavía tiene mucho por demostrar.
Pero su propósito está definido desde el principio.